Aprender no es un trabajo, porque la escuela no es una “fábrica”

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Formación Académica: Aprender no es un trabajo, lo que tiene que hacer el niño en la escuela no es trabajar. Aprender no es trabajar. Aprendemos para trabajar en el futuro, y no sólo para eso. La escuela queda reducida a trabajo cuando detrás, de fondo e incluso en las leyes, todo se entiende como una preparación para algo distinto de la vida y la convivencia. Aprender es un trabajo cuando importa poco el ciudadano y la transformación del mundo.


Aprender no es un trabajo, es vivir y abrir posibilidades a la vida. Lo que de verdad acontece en la escuela es la vida en todos sus sentidos. Por eso es importante atender al desarrollo, conocerse, relacionarse, crear espacios diversos, tener tiempo, ejercer la palabra y el silencio. Todo resumido en una doble acción en la que la vida va tejiéndose, que podría decirse como apertura a uno mismo y apertura al otro, los otros, a medida que nos vamos introduciendo en el mundo viviéndolo.


Aprender no es un trabajo. Si cambiasen muchas cosas. Porque hace poco alguien reparó en la estructura de clases y supo decir bien lo parecido que es muchas veces todo esto a una fábrica concatenada. La mayor parte de personas se lo creyeron, le dieron la razón y siguen reproduciéndolo. Piensan que debe cambiar la escuela y no sé cuántos sistemas y leyes antes de vivir lo que realmente es. La responsabilidad siempre es de otros. Podría ser de otro modo, pero pueden las excusas.


Aprender no es un trabajo, importa mucho el alumno, cada alumno.  De cualquier compañero profesor con el que he trabajado puedo decir, muy orgullosamente, que le importan sus alumnos y que no mira para otro lado cuando hay algo importante. Es más, arriman el hombro, escuchan y buscan formas para que salga adelante. Esto no se puede legislar y, sin embargo, es el pan nuestro de cada día. No hay ley que haga valer el cuidado del alumno y la preocupación real por él. Aunque las respuestas no siempre sean las mejores y nos equivoquemos en decisiones y estrategias, de verdad pienso que con un mínimo de reflexión ponemos sobre la mesa en primer lugar al alumno. Es el poder de la educación para realizarse a sí misma.


Aprender no es un trabajo, es una palabra de confianza. Alguien es bienvenido cuando se confía en él. A un joven se le recibe en el mundo cuando se confía en él. Ahora bien, la confianza no surge de la noche a la mañana, como tampoco hablar o caminar. Debe ir abriéndose paso en sucesivos intentos, como lo son el balbuceo o el gateo. Necesita su tiempo. Tanto hacerse digno de ella, como poder ejercerla plenamente. Pero si la escuela, yo diría que antes incluso que la familia en cierto aspecto, no es el lugar en el que el alumno recibe confianza su entrada en el mundo será la de alguien que no es querido


Aprender no es un trabajo, es un privilegio, un placer, algo hermoso. Falta recuperar este entusiasmo y qué bueno sería que trabajásemos todos en su dirección. Dotar al alumno de un espacio seguro en el que, estando acompañado, despliegue su curiosidad y sus traumas a medida que vaya creciendo. No todo es maravilloso en cierto sentido. También irrumpen aprendizajes dolorosos. Pero la escuela debería ser el marco en el que, en primer lugar y muy decisivamente, se descubriera este amor por aprender, por el saber, y la mejor cultura impregnase nuestra humanidad como segunda piel. Y esto no es un trabajo, sino otra cosa. No es negocio, sino más bien cae del lado del ocio, si no de la necesidad más humana por cuestionarlo todo y aprender de todo.

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